La pintura —y particularmente el óleo— constituye el núcleo desde el cual desarrollo una estética íntima, donde cada imagen se construye a partir de capas de tiempo, gesto y densidad afectiva. En los últimos años he incorporado nuevas materialidades como parte de una apertura técnica y conceptual: la encáustica, con su carácter alquímico y tiempos de curado, me ha permitido tensionar los límites de lo pictórico; mientras que el textil, a través del pliegue, la costura y el ensamblaje, habilita otras formas de contacto con lo sensible y la memoria.
Trabajo de forma no lineal, simultánea. No concibo una obra detrás de otra, sino en un entramado de procesos abiertos que se entrelazan, se interrumpen y retoman. Algunas piezas necesitan tiempo de reposo, otras me exigen presencia continua; en ese ritmo, emergen conexiones, ecos visuales, intuiciones nuevas. El color se vuelve un juego interno: parto de una paleta acotada y, al combinar y quebrar los tonos, aparecen matices que no había previsto y me descolocan sutilmente, orientando la obra hacia nuevas decisiones. Así, cada serie se estructura también desde su singularidad cromática.
Mi trabajo parte del vínculo directo con los materiales: es en el hacer donde aparece el sentido. La práctica artística se vuelve, entonces, una forma de conocimiento sensible: un modo de traducir lo inasible en imagen, forma y textura. Más que respuestas, lo que me interesa es sostener preguntas, habitar lo incierto y abrazar la transformación como parte esencial del proceso.

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